LA DIFERENCIA DE EDAD Y LA INEXISTENCIA DE HISTORIA
La nieve amenazaba con blanquear la época más consumista del año, ese momento en el que, vayas a donde vayas, hay masas de gente dispuesta a acabar con las existencias de cualquier producto comprable. Es paradójico pero, aún con esas multitudes rodeándome, es la época del año en la que más sola me siento. Esa navidad, en un momento en el que no tenía intención de complicarme la vida, un jovencito de 24 años me trajo el dilema que siempre hay que plantearse: cuál es mi límite en la diferencia de edad (dilema que solo se plantea cuando tu eres mayor, no siempre cuando eres menor, de hecho el vasco me sacaba 8 años…).
Después de meditarlo durante un par de días decidí que si no pasaba a la acción no podría responderme, así que, consecuentemente, quedé con él en un concierto. Evidentemente, con casi 7 años de diferencia (que en esos tramos de edad son un mundo), poco hubo antes de que la única opción que nos quedara fuera la cama. Grata experiencia sexual por cierto, un niño sin problemas de potencia y con muchas ganas de comerse “el mundo” (al menos el que hay entre mis piernas).
Hubo otra ocasión, esta vez el concierto dejo paso a una horrible sucesión de efectos especiales que vendían como película y, nuevamente, la falta de sincronía y conversación volvieron a llevarnos de camino a la cama. Cuando me levanté a la mañana siguiente y me fui a trabajar me di cuenta de que aquello no me llevaba a ningún lado. Si, el sexo es sexo, sin necesidad de nada más, pero que menos que el poder mantener una conversación durante cinco minutos, no era mucho pedir. Fue otra de las lecciones que Kat recogió e intenta practicar, a veces con mejor resultado y otras con peor.
Así, con las nieves vino el niño y con los reyes se fue siguiendo a la estrella de oriente. Eso sí, no se sí por sentirme fuerte o precisamente por todo lo contrario, decidí que en aquella caravana había hueco para que el caballero se marchara a explorar otros mundos, con la esperanza de que nunca volviera a mis tierras, le mandé partir para recibir el año con nuevos propósitos. Nuevos propósitos que no se personalizaron hasta que casi entraba la primavera…

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